Rellenaba corazones como pavos en nochebuena. Tenía tanto amor, que rebosaba los bolsillos de su gabardina, se salía de su kilométrico sombrero de copa, y caía a su paso, dejando un inconfundible rastro. Estaba fornido, porque como todos sabemos, el amor pesa muchííííííííííííííííííííííííííísimo y para llevar tanta cantidad encima hay que estar bien fuertote. Su rostro estaba alumbrado permanente por una enorme sonrisa, paralela a su negro bigote, y sus ojos parecían dos terrones de azúcar de la dulzura que emanaban. Daba su cariño a quien se lo pidiera, con un simple “gracias” como pago. Estaba contento con su “trabajo” ya que para él no era tal cosa; la felicidad de los demás era su felicidad, alegrar a la gente era el sentido de su vida.
Pero había tanta, tantísima gente falta de amor, y tan pocas personas capaces de darlo, que acabaron por dejarle hasta su propio corazón vacío. Su sombrero voló con el viento, él se quedó raquítico, su bigote encaneció y sus ojos, oh, sus ojos se convirtieron en el café más amargo que pudieras probar.
